Era una noche entre amigos, una noche de pensar en Agua, quema, humo, acción, vandalismo, patear esquemas, sacudir pensamientos de alguien, de cualquiera, de todos, tratando de hacer eso que hacemos cuando nos juntamos los que aun soñamos, cambiar el mundo.
Sin previo aviso, tu silueta se dibujó ante mis ojos, solo bastó una fracción de segundo para que tu imagen se instalara en mi mente y no dejara de pensarte. Imaginar que harías, como fue que llegaste a mi vida, quien te dio permiso para irrumpir en mi vida, si fue casualidad o así lo tenías planificado.
Desde ese momento no solo ocupaste mi mente, ocupaste el espacio que le tenía reservado a la soledad. En realidad solo fueron algunos días, las noches para ser exactos, esas noches en que la tan mencionada “Niña” jugaba con nosotros, nos mojaba, nos desconcertaba, nos inundaba, nos brindaba agua del cielo, día tras día, noche tras noche.
La lluvia de la noche, esa lluvia que más que provocarme nostalgia o llamarme al romance me pone triste al pensar en quienes no tienen un techo, una casa, una guarida que los proteja. Esas noches lluviosas, igual que las noches sin lluvia, en las primeras horas del nuevo día, según los calendarios de mi computadora, en mi espacio solitario, en mi refugio, te instalaste Tú.
Para ser honestos, solo fueron algunas noches, sin embargo serían suficientes para que encuentres tu destino, y darme cuenta yo, que la soledad no me disgusta en realidad, mas bien la disfruto a mi manera.
Nuestra relación fue extraña. No pudimos aguantar el mirarnos a los ojos por más de un segundo, pero nos miramos, y no tuve en la boca nada para decirte. Solo tuve la certeza que en tus ojos se dibujo el miedo, miedo de mi, de mis acciones, de lo que podría hacer en medio de una noche lluviosa cuando solo nosotros estábamos despiertos. Y yo… yo tenía el mismo miedo. Te tenía miedo.
Estábamos ahí, en mi espacio, escuchando música, escuchando la lluvia caer, compartiendo ruidos, ruidos nocturnos, esos ruidos que se amplifican en la quietud de la noche. Lo quiera o no, estabas ahí, lo quieras o no, yo estaba ahí. Una incomodidad crecía, tu silueta, tu color, tus ruidos, tu apetito, tu esquiva mirada, tu atrevimiento de interrumpir en mi vida sin previo aviso, tus ganas de quedarte a pesar de todo me causaban disgusto.
Seamos francos, nunca me quisiste. Solo llegaste hasta mí, por esa necesidad egoísta de tener un lugar donde estar. Te aguantabas el miedo, la incomodidad de mi presencia, mis ruidos, mis manías, solo por tener donde dormir. Compartir el mismo espacio no tenía nada que ver conmigo, solo se trataba de ti, y ahí estabas sin querer irte más.
Yo no te quería. El hecho de que no pueda sacarte de mi mente, querer saber cada uno de tus pasos, intentar adivinar tus pensamientos, estar pendiente de ti, no significaba que te quería cerca de mi. Te sentí una invasora en esas noches, mis noches, esas que llamaba de soledad.
Yo decidí el final de esta relación nociva, decidí cuando, decidí cómo. No lo dudé, no me emborraché con dilemas éticos del bien y del mal, de lo correcto o lo incorrecto, simplemente decidí hacerlo.
Otra noche lluviosa más, ésta, un poco más fría que las anteriores. Te ofrecí con una sonrisa la cena, personalmente le puse el “aderezo”. Tenía buen aspecto, tenía buen olor, ojala que buen sabor también. Te la dí y salí —ya vuelvo— es lo que se me ocurrió decir y esa fue la ultima vez que me viste.
No viste mala intención en la cena, a pesar de lo incomoda de nuestra relación, confiaste en mi, incluso te alegraste y te serviste. Ahora estoy seguro que tenía buen sabor, te lo acabaste todo. Al terminar de comer, las convulsiones te avisaron que era tu final, que tu vida (ojala que plena) se apagaba y sabías también, antes de intentar meter aire a tus pulmones por ultima vez, que el causante fui yo. Tu muerte me devolvió la soledad de las noches, esta noche, cualquier noche, mis noches.
Empecé a extrañarte a la mañana siguiente cuando escuche el grito — ¡Dito!, el veneno mató a la rata que se metió en tu oficina—